Enrique creía tenerlo todo, casa, tierras, un buen trabajo y sobre todo, dinero mucho dinero. Pero a Enrique le faltaba algo grande: y es la paz en su alma, pues siente que todo lo que tiene, lo ha logrado a costa de engañar a mucha gente.
Ante esto, decide buscar en Dios, esa paz que ha perdido.
Se encamina a la Iglesia, y al llegar, siente las miradas de la gente, que se posan en él; eso no lo detiene, está decidido a acercarse a Cristo y pedirle perdón.
Es domingo, y la Iglesia se encuentra inundada de gente, y a Enrique se le hace difícil más no imposible atravesar ese mar humano y llegar hasta el altar. Una vez allí, sus ojos se clavan en Cristo crucificado, le mira con ternura y parece decirle: ¿Podemos ser amigos?… En ese momento, Enrique comprende que el amor de Dios es grande y rompe a llorar; hay en él una mezcla de dolor e inmensa alegría, ha encontrado la paz que buscaba, y arrepentido promete al Señor reparar todo el mal que ha hecho.
Ve al sacerdote encaminarse al confesionario, le sigue, se pone de rodillas y manifiesta sus pecados.
Enrique ha encontrado a Cristo, más aún, ha recibido el mayor tesoro que jamás imaginó encontrar “el perdón y el amor de Dios”.




