Amor esponsal

Resulta difícil, dejar de hablar del amor, sobre todo cuando nos referimos o hacemos alusión al hombre, cuesta pensar que se pueda explicar al hombre, sin tener que hacer uso de la palabra amor. Es verdad que con el correr del tiempo, esta hermosa palabra ha ido siendo victima de una serie de maltratos y sobretodo ha terminado en muchos casos siendo mal entendida, por el propio hombre.

Hemos olvidado por ejemplo, que el hombre es eminentemente imagen de Dios cuando ama, pues Dios es amor. Podemos amar nosotros, "porque El nos amó primero" (1 Jn 4, 19). Ahora bien, el amor humano no es posible sino en relación a otros. Por esto, podemos afirmar que cuando amamos a los demás reflejamos hondamente este amor de Dios. Dios es amor y por consiguiente, amor entre personas. El misterio de Dios no es un misterio de soledad, sino de comunión de amor. En Dios, el que ama (el Padre), el amado (el Hijo) y el don del amor (el Espíritu Santo) viven en comunión la misma insondable riqueza divina.

Siendo así, debemos entender que el amor tal como nos lo dice Kierkegaard, es esa fuerza espiritual interior que permitirá a quien se arriesgue a buscarla realizar un salto más allá de toda duda e incertidumbre racional para ubicarse en las puertas de la auténtica Verdad. El amor es para Kierkegaard un poder activo en el hombre; un poder que atraviesa las barreras que lo separan de sus semejantes y lo une a los demás; el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separación, y no obstante, le permite ser él mismo, mantener su integridad.

En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos. Como bien dice Kierkegaard, en el amor hay un tú y un yo, pero no hay mío ni tuyo. De allí que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.

amor_familiarEl amor es permanente donación al otro, el que ama es feliz en la medida  que su complemento lo es. Es por este motivo que al hablar del amor esponsal no podemos dejar de aludir a san Pablo, toda vez que en su carta a los Corintios dedica un himno al amor, en ella nos habla del amor «paciente», «servicial», y que «todo lo soporta» (1 Co 13, 4. 7), y que por sobretodo es ciertamente exigente. Su belleza está precisamente en el hecho de ser exigente, porque de este modo constituye el verdadero bien del hombre y lo irradia también a los demás. En efecto, el bien —dice santo Tomás— es por su naturaleza «difusivo». El amor es verdadero cuando crea el bien de las personas y de las comunidades, lo crea y lo da a los demás. Sólo quien, en nombre del amor, sabe ser exigente consigo mismo, puede exigir amor de los demás; porque el amor es exigente. Lo es en cada situación humana; lo es aún más para quien se abre al Evangelio. ¿No es esto lo que Jesús proclama en «su» mandamiento? Es necesario que los hombres de hoy descubran este amor exigente, porque en él está el fundamento verdaderamente sólido de la familia; un fundamento que es capaz de «soportar todo».
Según San Pablo, el amor no es capaz de «soportar todo» si es envidioso», si «es jactancioso», si «se engríe», si no «es decoroso» (cf. 1 Co 13, 4-5). El verdadero amor, enseña el apóstol, es distinto: «Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13,7). Precisamente este amor «soportará todo». Actúa en él la poderosa fuerza de Dios mismo, que «es amor» (1 Jn 4, 8. 16). Actúa en él la poderosa fuerza de Cristo, redentor del hombre y salvador del mundo.

En la medida que redescubramos e interioricemos el verdadero sentido del amor, nuestra vida, la vida del hombre, la vida en familia, logrará alcanzar su verdadero fin. Necesitamos llegar a comprender que no vivimos para nosotros mismos, todo lo contrario nuestro vivir adquiere su razón de ser en la medida que amamos y el amor implica ante todo buscar el bien del otro.

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