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Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, «de manera que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19, 6). Al bendecirlos, Dios les dijo: «Creced y multiplicaos» (Gn. 1, 28). (CEC; Compendio, n.° 337)

De esta manera nos recuerda el catecismo de la Iglesia, aquel designio primario que tiene Dios sobre el hombre y la mujer, y es que Dios padre amoroso, ha creado al hombre para que viva la vida en un estado de apertura a los demás, en este sentido es el amor de pareja el que alimenta y otorga direccionalidad a la vida del hombre, toda vez que este, me refiero al amor, se verá prolongado en los hijos y en los hijos de sus hijos.

El hombre es un ser creado para vivir y alcanzar su felicidad en comunidad, en la primera página del génesis encontramos, que el ser humano aparece en matrimonio (Gn. 1, 26 – 28) de allí el hecho de que si tomamos como referentes a Adán y Eva, podemos decir que la vocación común del hombre es el matrimonio. Es por ello que Juan Pablo II define al ser humano como “un ser esponsalico”. Con ello quería expresar que, de ordinario, el hombre y la mujer están llamados por Dios a vivir en matrimonio.

Ahora bien, esta unión matrimonial, no es una unión cualquiera, todo lo contrario, la Sagrada Escritura nos muestra a lo largo de sus páginas, que el matrimonio es querido por Dios, de allí que en palabras de Cristo, se nos recuerde el hecho de que “Al principio de la creación los hizo Dios varón y mujer; por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y serán los dos una sola carne. De manera que no son dos, sino una carne. Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” ( Mc. 10, 6 – 8 )

Es evidente que las palabras de Jesucristo, revelan algunos detalles importantes del querer de Dios respecto al matrimonio, me refiero en este sentido al hecho de que el verdadero matrimonio diseñado por Dios desde el principio es uno con una y para siempre.

Al respecto, conviene recordar que una de las propiedades esenciales del matrimonio es la Indisolubilidad, y lo es porque se basa en el amor, concretamente en el amor conyugal; y el amor, que es un acto libre de la voluntad humana, ama a la persona por el solo hecho de serlo; por eso el amor es propiamente entre personas. Por consiguiente, el amor es incondicional y es para siempre. Y todo esto tiene su fundamento en Dios que es eterno, inmutable y el Amor mismo. De allí que:

“La entrega a la persona exige, por su naturaleza, que sea duradera e irrevocable. La indisolubilidad del matrimonio deriva primariamente de la esencia de esa entrega: entrega de la persona a la persona.” (Juan Pablo II, Carta a las Familias, n. 11).

“El auténtico amor tiende por sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero.” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1646).

“El amor nunca se acaba” (1 Corintios 13, 8).

La única forma en que el hombre logra alcanzar su felicidad, es viviendo conforme al querer de Dios, al respecto no debemos olvidar que si Dios nos llama a vivir en el amor, este amor, debe ser permanente, no puede ser pasajero, vivir un amor así, denota una falta de presencia divina en nuestras vidas, es vivir alejado de Dios.

Quien vive alejado de Dios se pierde en el egoísmo que no ve más allá de sus intereses personales, el divorcio, la separación, malos consejos, y todo aquello que contribuya a destruir la unión matrimonial. Todo lo contrario “El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: «De manera que ya no son dos sino una sola carne» (Mt 19, 6).” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1644).

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