Teología
Ser sacerdote…
13 Jun
Se diga lo que se diga, el sacerdote es y seguirá siendo por voluntad divina un instrumento de Dios para la salvación de los hombres.
Todo aquel que conscientemente descubre que Dios le llama a consagrar su vida a través del ministerio del sacerdocio, asume la delicada tarea de hacer vida el sacerdocio de Cristo, de allí la gran responsabilidad, seriedad, y madurez con que debe de asumirse.
Ser sacerdote es un don de Dios, si por don entendemos, aquel regalo inmerecido que a veces recibimos, entonces el sacerdocio es un regalo que se le otorga al candidato, no por sus meritos personales, sino porque Dios en su infinito amor le da la posibilidad de hacer de su vida un medio de santificación convirtiéndose en colaborador fiel y cercano de la redención del hombre. Es bueno recordar a este propósito las palabras del Papa Benedicto XVI: “El sacerdote es un don del Corazón de Cristo: un don para la Iglesia y para el mundo. Del corazón del Hijo de Dios, rebosante de caridad, brotan todos los bienes de la Iglesia, y en modo particular tiene su origen la vocación de aquellos hombres que, conquistados por el Señor Jesús, dejan todo para dedicarse enteramente al servicio del pueblo cristiano, bajo el ejemplo del Buen Pastor”
Todos los seres humanos somos conscientes de lo que hacemos, el sacerdote y el futuro sacerdote, no escapan a esta realidad humana, de allí que su responsabilidad es mayor, en el sentido de que no sólo deben asumir con verdadera responsabilidad el rol que les corresponde, sino que deben de testimoniarlo a través de una vida que no sólo parezca santa, sino que debe verse, sentirse y vivirse santamente. Vivan su sacerdocio, no como Uds. creen que deben de vivirlo, vivan como Cristo quiere y les pide día tras día vivirlo, sólo así valdrá la pena vivir el ministerio sacerdotal, gastándose día tras día por aquel que lo dio todo por nosotros.
Muy a propósito del año sacerdotal que concluye, recuerden queridos sacerdotes que tienen un modelo de vida, muy humano por cierto, y sin embargo tan lleno de Dios, como es el caso de San Juan María Vianney, imiten su sencillez, su humildad, su entrega diaria, su santidad, su clarísimo sentido de la pobreza, su pequeñez, pero al mismo tiempo su coraje, su entrega, su profundo y teológico amor a Dios, muy por encima de sus grandes limitaciones intelectuales, no dejen que la vida tan desordenada en estos últimos tiempos les haga mal entender el sentido verdadero del bien y del mal.
"Celebrar la misericordia. ‘Dejaos reconciliar con Dios’".
3 Dic
El tiempo de Adviento que ya estamos viviendo, constituye una etapa muy especial en la vida del creyente, puesto que nos da la posibilidad de celebrar de verdad la misericordia de un Dios que siempre está dispuesto a acogernos, claro que en esto juega mucho el hecho de querer dejarnos reconciliar.
San Pablo en su segunda carta a los Corintios (2 Cor. 5, 20) nos invita a dejarnos reconciliar con Dios, y es que en verdad de esto se trata todo, de querer buscar el perdón de Dios , toda vez que constituye el punto de partida para el cambio de vida, tan necesario para lograr alcanzar esa vida buena a la que Dios nos llama.
¿Pero cómo lograr de verdad vivir según el querer de Dios? … la respuesta es sencilla, tratando de descubrir día tras día aquella verdad que Dios Padre a través de su hijo Jesucristo nos ha revelado; lamentablemente nos hemos alejado de la verdad real que es Dios, para ir tras un a verdad muy a nuestra medida, la cual nos termina apartando de aquel que debería ser el centro de nuestra vida.
Es por este motivo que el Papa Benedicto XVI, manifiesta que “En nuestro tiempo una de las prioridades pastorales es sin duda formar rectamente la conciencia de los creyentes porque… en la medida en que se pierde el sentido del pecado, aumentan los sentimientos de culpa, que se quisiera eliminar con remedios paliativos insuficientes. A la formación de las conciencias contribuyen múltiples y valiosos instrumentos espirituales y pastorales que es preciso valorar cada vez más" Y añadía: "Como todos los sacramentos, también el de la Penitencia requiere una catequesis previa y una catequesis mistagógica para profundizar el sacramento per ritus et preces… Además de la catequesis hace falta un sabio uso de la predicación, que en la historia de la Iglesia ha asumido formas diversas según la mentalidad y las necesidades pastorales de los fieles" (ibídem).
Junto a una adecuada formación de la conciencia moral y una madurez de vida y celebración del sacramento, se necesita favorecer en los fieles la experiencia del acompañamiento espiritual. Precisamente por este motivo, seguía observando el Papa, hoy "se necesitan ‘maestros de espíritu’ sabios y santos", exhortando a los sacerdotes a "mantener siempre viva en sí mismos la conciencia de que deben ser ‘ministros’ dignos de la misericordia divina y educa
dores responsables de las conciencias", inspirándose en el ejemplo del cura de Ars, san Juan María Vianney, de quien precisamente en este año recordamos el 150 aniversario de su fallecimiento (Cf. ibídem).
Que estos cuatro domingos de adviento nos ayuden a encontrarnos y a encontrar de verdad el camino que nos lleve a lograr que Jesús niño nazca en nuestros corazones.
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Vivir el adviento en familia
1 Dic
El Concilio Vaticano II en la declaración sobre la educación Cristiana de la juventud nos recuerda que "puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole y por tanto hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Es pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación integral, personal y social de los hijos".
Muy a propósito de lo expresado en este texto, resulta oportuno aprovechar este tiempo de adviento que por cierto ya hemos iniciado, para poner en práctica lo que nos sugiere el Concilio, me refiero al hecho de asumir con verdadera ilusión la tarea de vivir en familia el sentido del adviento, y es que no hay nada mejor que enseñar a nuestros hijos con el ejemplo, pienso que lo que más impacta en la vida de los hijos son aquellas experiencias de vida que finalmente quedan grabadas por su trascendencia y por el amor con que van cargadas.
El ver los hijos a los padres orar juntos, preparar juntos los detalles de la ambientación del hogar, van logrando que con el paso del tiempo, sean luego los hijos quienes quieran vivir paso a paso el correr de este tiempo que busca prepararnos a vivir con profundo sentido cristiano la alegría del nacimiento de un Dios que es por sobretodo amor.
El adviento debemos vivirlo con alegría e ilusión, es más, debemos vivirlo dentro de un clima de oración que nos permita, al igual que la Virgen María aguardar con profunda confianza la llegada del Emmanuel.
Dios quiera que tomados de la mano de Santa María, sea ella nuestra guía en este camino al Padre , nadie mejor que ella para ayudarnos a vivir con sentido de familia este nuevo adviento, no olvidemos lo que a este propósito nos recordaba el Papa Pablo VI, en Marialis Cultus, 3-4: "Los fieles que viven con la liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo, se sentirán animados a tomarla como modelo y a prepararse, "velando en oración y cantando en alabanza para salir al encuentro del Salvador que viene"
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La figura de San Juan María Vianney
23 Jul
Considero muy oportuno postear este artículo referido a San Juan María Vianney, toda vez que es la figura central de este año sacerdotal, el mismo que todos estamos llamados a vivir sin excepción.
Nuestros sacerdotes, es verdad, tienen una misión y una vocación que cumplir, pero no fuera del mundo, todo lo contrario, es dentro de este mundo en el cual todos convivimos formando parte de una sola Iglesia, que necesitamos que nuestros sacerdotes cada día puedan vivir con ilusión y verdadera entrega aquella hermosa vocación que han recibido del Padre, en este sentido, somos nosotros los fieles cristianos quienes debemos pedir por ellos, por su santidad y entrega diaria, pedir sobretodo para que sepan vivir su vocación de la misma forma que la vivió el santo cura de Ars. Y que mejor forma de contemplarlo que siguiendo la experiencia de vida de nuestro Santo Padre Juan Pablo II el magno, al respecto él nos dice:
«En el camino de regreso de Bélgica a Roma, tuve la suerte de detenerme en Ars. Era al final del mes de octubre de 1947, el domingo de Cristo Rey. Con gran emoción visité la vieja iglesita donde San Juan María Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y predicaba
sus homilías.
Fue para mí una experiencia inolvidable. Desde los años del seminario había quedado impresionado por la figura del Cura de Ars, sobre todo por la lectura de su biografía escrita por Mons. Trochu. San Juan María Vianney sorprende en especial porque en él se manifiesta el poder de la gracia que actúa en la pobreza de los medios humanos. Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio en el confesionario.
Este humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día, comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un acontecimiento verdaderamente revolucionario.
Del encuentro con su figura llegué a la convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el confesionario, por medio de aquel voluntario "hacerse prisionero del confesionario". Muchas veces, confesando en Niegowic, en mi primera parroquia, y después en Cracovia, volvía con el pensamiento a esta experiencia inolvidable.
He procurado mantener siempre el vínculo con el confesionario tanto durante los trabajos científicos en Cracovia, confesando sobre todo en la Basílica de la Asunción de la Santísima Virgen María, como ahora en Roma, aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada año al confesionario el Viernes Santo en la Basílica de San Pedro»
Juan Pablo II, en “Don y Misterio”
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El amor, un poder activo en el hombre
23 Jul
Resulta difícil, dejar de hablar del amor, sobre todo cuando nos referimos o hacemos alusión al hombre, cuesta pensar que se pueda explicar al hombre, sin tener que hacer uso de la palabra amor. Es verdad que con el correr del tiempo, esta hermosa palabra ha ido siendo victima de una serie de maltratos y sobretodo ha terminado en muchos casos siendo mal entendida, por el propio hombre.
Hemos olvidado por ejemplo, que el hombre es eminentemente imagen de Dios cuando ama, pues Dios es amor. Podemos amar nosotros, "porque El nos amó primero" (1 Jn 4, 19). Ahora bien, el amor humano no es posible sino en relación a otros. Por esto, podemos afirmar que cuando amamos a los demás reflejamos hondamente este amor de Dios. Dios es amor y por consiguiente, amor entre personas. El misterio de Dios no es un misterio de soledad, sino de comunión de amor. En Dios, el que ama (el Padre), el amado (el Hijo) y el don del amor (el Espíritu Santo) viven en comunión la misma insondable riqueza divina.
Siendo así, debemos entender que el amor tal como nos lo dice Kierkegaard, es esa fuerza espiritual interior que permitirá a quien se arriesgue a buscarla realizar un salto más allá de toda duda e incertidumbre racional para ubicarse en las puertas de la auténtica Verdad. El amor es para Kierkegaard un poder activo en el hombre; un poder que atraviesa las barreras que lo separan de sus semejantes y lo une a los demás; el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separación, y no obstante, le permite ser él mismo, mantener su integridad.
En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos. Como bien dice Kierkegaard, en el amor hay un tú y un yo, pero no hay mío ni tuyo. De allí que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.
El amor es permanente donación al otro, el que ama es feliz en la medida que su complemento lo es. Es por este motivo que al hablar del amor esponsal no podemos dejar de aludir a san Pablo, toda vez que en su carta a los Corintios dedica un himno al amor, en ella nos habla del amor «paciente», «servicial», y que «todo lo soporta» (1 Co 13, 4. 7), y que por sobretodo es ciertamente exigente. Su belleza está precisamente en el hecho de ser exigente, porque de este modo constituye el verdadero bien del hombre y lo irradia también a los demás. En efecto, el bien —dice santo Tomás— es por su naturaleza «difusivo». El amor es verdadero cuando crea el bien de las personas y de las comunidades, lo crea y lo da a los demás. Sólo quien, en nombre del amor, sabe ser exigente consigo mismo, puede exigir amor de los demás; porque el amor es exigente. Lo es en cada situación humana; lo es aún más para quien se abre al Evangelio. ¿No es esto lo que Jesús proclama en «su» mandamiento? Es necesario que los hombres de hoy descubran este amor exigente, porque en él está el fundamento verdaderamente sólido de la familia; un fundamento que es capaz de «soportar todo».
Según San Pablo, el amor no es capaz de «soportar todo» si es envidioso», si «es jactancioso», si «se engríe», si no «es decoroso» (cf. 1 Co 13, 4-5). El verdadero amor, enseña el apóstol, es distinto: «Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13,7). Precisamente este amor «soportará todo». Actúa en él la poderosa fuerza de Dios mismo, que «es amor» (1 Jn 4, 8. 16). Actúa en él la poderosa fuerza de Cristo, redentor del hombre y salvador del mundo.
En la medida que redescubramos e interioricemos el verdadero sentido del amor, nuestra vida, la vida del hombre, la vida en familia, logrará alcanzar su verdadero fin. Necesitamos llegar a comprender que no vivimos para nosotros mismos, todo lo contrario nuestro vivir adquiere su razón de ser en la medida que amamos y el amor implica ante todo buscar el bien del otro.
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